Nueva York nunca duerme en el cine

En El manantial, una novela de Ayn Rand que King Vidor llevó a la gran pantalla en 1949, se leía: “Cambiaría el más bello atardecer del mundo por una sola visión de la silueta de Nueva York. El cielo de Nueva York y la voluntad del hombre hecha visible. ¿Qué otra religión necesitamos?” Tras semejante declaración de amor, el cine no tardaría en convertirse en el gran reflejo de esta multitudinaria religión y contribuyó como ningún otro arte a construir el mito que hoy es la Gran Manzana. Dos días en Nueva York, de la francesa Julie Delpy, es la última de tantas películas que han mostrado esta ciudad como majestuoso telón de fondo.

 

 

Si hacemos memoria, es posible que de todas las míticas escenas que ha legado Nueva York al cine la más antigua que acude a nuestra mente sea la de un enorme gorila escalando el Empire State. Sin embargo, antes que King Kong, otro ‘rey’ se había adelantado para grabar la que sería la primera gran película neoyorquina: Y el mundo marcha, rodada en 1928 por King Vidor, fue una de las cumbres del cine mudo norteamericano y la encargada de abrir paso al sinfín de filmes que, como ella, se iban a vestir con Nueva York para narrar su historia. Clásicos de Hollywood como Ángeles con caras sucias, La ciudad desnuda o Chantaje en Broadway siguieron dignificando el cine estadounidense, que en aquellos momentos se teñía de oscuro para dar origen a un género originario de esta época: el cine negro.

 

 

Allen y Scorsese, dos miradas

Aunque quizás, como explica Andrew Pulver, crítico del diario británico ‘The Guardian’, han sido dos directores los que han destacado sobre los demás al mostrar esta ciudad en sus trabajos: Woody Allen y Martin Scorsese. Al primero siempre se le ha achacado insistentemente su afán por reflejar un Nueva York inexistente y ajeno a la realidad, debido a los selectos espacios y paisajes recogidos, sin embargo pocos cineastas han mostrado mayor amor a este lugar. Obras como Annie Hall, Manhattan, Días de radio o Balas sobre Broadway dan cuenta del apego que el talentoso director de Brooklyn siente por su ciudad. Woody Allen estrenará este año Blue Jasmine, un trabajo grabado entre San Francisco y Nueva York. En un registro completamente distinto se encuentra Martin Scorsese, más interesado en las Malas calles que en los triángulos amorosos de la clase media neoyorquina. Scorsese debutó en la gran pantalla con ¿Quién llama a mi puerta? y desde entonces Taxi Driver, ¡Jo, qué noche!, Uno de los nuestros o la citada Malas calles han tenido a esta ciudad por escenario. Además, la célebre canción que popularizó Frank Sinatra, New York, New York, fue la banda sonora original de una película homónima, protagonizada por Robert De Niro, que Scorsese rodó en 1977.

 

 

Mafiosos y bailarines

La mafia también ha campado a sus anchas por los múltiples barrios de la ciudad: desde grandes obras, como Érase una vez en América o El padrino, a otras de menor transcendencia como, El clan de los irlandeses o Memorias de Queens, han tenido Nueva York, en concreto los suburbios, como escenario. Tony Manero, encarnado por un prometedor bailarín llamado John Travolta, encandiló a varias generaciones de féminas con sus bailes en Fiebre del sábado noche. Apenas siete años más tarde, Bill Murray y su equipo se encargaron de limpiar la ciudad en Los cazafantasmas. Spike Lee, en su película Haz lo que debas, mostraban los conflictos interraciales que persistían en una sociedad que aún no había superado las barreras del pasado.

 

 

Una comedia para reír

Es precisamente un matrimonio formado por una mujer blanca (Julie Delpy) y un hombre negro (Chris Rock) el protagonista de Dos días en Nueva York, una divertida comedia que la polivalente actriz francesa se ha encargado de dirigir, escribir, y protagonizar, además de componer su banda sonora. Se trata de la secuela de Dos días en París, una continuación en la que Marion recibe la visita de su familia a su nueva vida en Nueva York, ese Nueva York que no duerme en el cine.

 

 

 

 

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