Ganadores de ediciones pasadas

Cada año los relatos del ganador o ganadora, las menciones especiales y los finalistas se editan y publican en un recopilatario que repartimos en los cines hasta fin de existencias. Sin embargo, hemos decidido incluirlo en esta publicación digital por si no tuvisteis ocasión de haceros con uno. Cada año lo iremos actualizando incluyendo los nuevos galardonados. ¡Que los disfrutéis!

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GANADOR PRIMERA EDICIÓN: Pedro Molino Martín

Spoiler

Dio un respingo y de un salto se puso en pie como si se tratase de un gato al que le han pisado la cola. Se llevó las palmas de las manos a las orejas y comenzó a golpearlas frenéticamente al tiempo que daba vueltas al salón gritando como un demente —¡la, la, la…! El desconcierto de Sara era evidente, ella y sus amigos, que unos segundos antes se encontraban hablando animadamente sobre la película que iban a ver esa tarde, se miraban los unos a los otros buscando alguna explicación que les ayudase a entender el arrebato de locura en el que se había sumido su nuevo ligue, Jorge.

—¡No digáis nada, no quiero saber nada! —gritaba Jorge ajeno a las caras de estupor del resto. –¡No quiero saber nada de la película, nada! ¡Odio los spoiler! —continuaba diciendo mientras sus orejas comenzaban a lucir un color rojo bermellón subido como consecuencia de los manotazos que de forma vehemente se estaba propinando.

La primera vez que Sara accedió a tener una cita con Jorge fue para ver el estreno del capítulo siete de Stars Wars en pantalla gigante en un multicine de los alrededores de Madrid. Ese día el cine se encontraba a rebosar de críos que en la mayoría de los casos no bajaban de los treinta y cinco años y cuyo entusiasmo y nerviosismo era manifiesto.

Como es habitual en este tipo de eventos, mientras la multitud, cargada de palomitas, nachos y bebidas aerofágicas edulcoradas, va tomando asiento, la pantalla va desgranando los trailers de los próximos estrenos. Lo normal es que nadie suela prestar mucha atención a estos avances de las películas puesto que el ruido de las conversaciones y las interminables hileras de gente en busca de su butaca lo hace prácticamente imposible. Pero ese día Sara descubrió que eso no era del todo cierto, que había gente, al menos uno, que sí prestaba atención a lo que ocurría en la pantalla. Y ese, era Jorge. No había hecho más que sentarse cuando, llevado por una ira incontrolable, saltó de su asiento para iniciar la consabida danza tribal de golpes en las orejas y gritos monosílabos —¡la, la, la…! Ante el estupor general y la rechifla de los más jóvenes, comenzó a gritar que no tenían derecho a arruinarle los próximos cinco estrenos y que quería que le trajeran al responsable de la sala para hablar seriamente con él. Aquel día, mientras los responsables de seguridad del recinto les acompañaban con una sonrisa burlona hasta la puerta de salida, Sara no solo tenía el convencimiento de que se había quedado sin ver la película sino que además había asistido al spoiler de su propia historia con Jorge.

Pese a todo, Sara continuó saliendo con él no se sabe muy bien si por lástima o por vaguería, ya que plantearse tener que volver a la rutina de buscar en Meetic a alguien con quien salir se le aparecía como la cosa más deprimente y tediosa que podía imaginar. —Todos tenemos nuestra cosas —se dijo —Al fin y al cabo, es un buen chaval, un poco raro pero buen chaval. Trataba de convencerse con argumentos como estos a pesar de que su intuición o la machacona realidad  le decían lo contrario.

Mientras esta actitud ante los spoiler de Jorge se circunscribió al ámbito de la cinematografía, Sara pudo mantener cierta esperanza de que lo suyo con él podría tener algo de recorrido. El problema fue cuando esa obsesión por que nadie le anticipara los detalles de esas historias de película se trasladó al mundo real y ya no podían ni siquiera hacer planes para tomar un café sin que a Jorge le diera un ataque mímico-colérico por haberle spoileado lo que iba a pasar por la tarde.

Llegado ese momento, Sara se dijo que ya era suficiente, que no podía más. Llevó a Jorge al salón y cogiéndole maternalmente de la mano intentó explicarle —Mira Jorge, no podemos seguir así, aunque te cueste entenderlo, nuestra relación no tiene ningún futuro. Siento que debemos hablar del final de lo nuestro. Hecho una furia, él se negó en redondo a seguir escuchándola aduciendo que no estaba dispuesto a que le hiciera un spoiler del final de su historia en común. Mientras berreaba y se golpeaba los oídos dando vueltas en derredor del sofá, Sara salía definitivamente de su vida con un corte de mangas, una maleta y su bolso de mano.

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GANADORA SEGUNDA EDICIÓN: Blanca Amelia Marqués Jabato

                           ¿ Es Charles Chaplin una jirafa?

Las jirafas son mudas. Tienen el cuello demasiado largo para poseer cuerdas vocales.
Mi cuello no es pretexto. Tengo cuerdas vocales. Y lengua, y una boca que mi madre dice que es preciosa. Claro, que va a decir ella.
Mi madre me quiere mucho. Lo repite muchas veces. Cuando me arropa por las noches, así, apretado, como me gusta a mí. Cuando formo mi nombre con los cubos de letras. Incluso cuando me abraza fuerte después de una rabieta, cuando realmente creo que  no me lo merezco.
Mis rabietas son habituales. Cuando el desayuno no está colocado como a mi me gusta. Cuando mi padre dice que ya he jugado mucho con la tablet, y me la quiere arrebatar. Cuando la tía de mi madre me intenta dar besos de esos  que dejan el moflete pegajoso. Me gusta la palabra moflete.
Hay palabras que me gustan mucho. Y son las únicas que digo en  voz alta. Las repito una, dos,  cien veces.  Por eso mi madre sabe que no soy una jirafa. Y porque los médicos se lo aseguraron.
Esos mismos médicos que cuando nací dijeron a mis padres que era un bebé perfecto. Las enfermeras repetían a mi  madre que tenía suerte, que era un bebé muy tranquilo. “Demasiado tranquilo” repetía ella con un deje de preocupación.
Recuerdo vagamente cómo se asomaba a la cuna y me sonreía, aunque nunca recibía lo que esperaba. Me gustaba su olor. Me gusta su voz grave. Me gusta cómo su pelo, rubio como el mío, tiene un reflejo precioso justo cuando se inclina a besarme.
Mi mamá comenzó su particular cruzada, primero con mi papá. Pero mi padre le repetía que dejara de preocuparse, que ya hablaría, que  cada niño tiene su ritmo.
Papá se unió a la lucha cuando a los dos años no había dicho una sola palabra. Ni un gorjeo. Ni una recíproca sonrisa.
Los mismos médicos que tiempo atrás me catalogaron de perfecto, ahora torcían el gesto e intentaban explicar a mis padres términos como retraso en el desarrollo, mutismo selectivo… Mi madre se echó a llorar cuando escuchó la palabra espectro. No entendí porqué, es una palabra preciosa. Cuando la escuché de la boca de ese hombre de bata, la repetí hasta que me cansé. Y eso es mucho, mucho tiempo.
Y a partir   de ese momento, formé parte de la ya nombrada peregrinación.
No me gusta que me lleven al logopeda, me canso. Ni a la psicóloga, me aburro. Pero me gusta ir a la piscina, mi profesora se llama María y floto en el agua.  Mi madre siempre dice cuando salgo que está orgullosa de mí.
La palabra cine llegó un día de verano. No me decía nada. Ni siquiera tenía sabor. Pero a mi madre le fascina. El cine le fascina. Me gusta cómo suena.
La palabra cine salió volando de la boca de mi madre, y se posó con miedo en el oído de mi padre. Este frunció el ceño. Creo que lo de ir al cine de verano no le pareció tan buena idea como a mi madre. Pero ella  lo defendía   con  firmeza. Hablaba muy rápido de cosas que no entendía. Palabras como reposición, aire libre y cine mudo. Abrí mucho los ojos, y le recordé a mi madre que no soy una jirafa.  Pero la palabra jirafa repetida varias veces no surtió efecto. Me abrazó, y mi padre salió de la cocina.
Recuerdo aquella tarde. Los bloques de construcción ordenadamente apilados, y mi madre sentándose a mi lado, apilando los suyos.
Me explicó que íbamos a ir a un sitio nuevo (me empecé a poner nervioso)  pero que no era nuevo. Era mi parque habitual, pero había sillas. Y una pantalla grande. Íbamos a ir de noche (¡la noche es para dormir!) Mamá y papá estarían conmigo, y cuando quisiera, nos podríamos ir (eso me tranquilizó) Iría con mis cascos azules, esos que me aíslan del ruido. Y veríamos una película. Me gustó  la palabra película, la repetí varias veces. Seguí jugando con mis bloques cuando mamá se levantó. Creo que estaba preocupada.
Y llegó el día. El día del cine. Mi parque parecía extraño. Agarré la mano de mamá más fuerte. La tenía extrañamente sudorosa. Levanté la cabeza con disimulo.  Mi padre estaba serio. Mi madre estaba seria. Hablaban entre ellos, pero los cascos amortiguaban el sonido. Todos los sonidos. Un perro ladraba sin ladrido. El arrastre mudo de las sillas en la arena.
Me gustan las palomitas. Y beber agua con pajita. Mi madre tiene carmín en los labios. Me gusta la palabra carmín. La repito cinco veces, y mi madre intenta besarme. La rechazo. La palabra es fluida, pero el carmín es pegajoso.
La enorme pantalla se enciende de repente e ilumina mi cara. Y la de mamá, y la de papá. Y la de un señor que se sienta en la silla de al lado. Bebe con pajita. A todos  nos gusta beber con pajita.
A partir de ahí, todo se transformó.
El hombre del bigote pequeño y negro  tampoco habla. Olvido preguntarle a mamá si es una jirafa. Se me olvida porque  como a ella, me fascina el cine. Un niño como yo, rompe cristales a pedradas. Corre con su papá de bigote y sombrero. Ese papá con andares de pingüino y ropa polvorienta.
¿Conoces  la empatía? Supuestamente, yo no. Eso dijeron los médicos a mi mamá.
Lloro. Por ese niño arrebatado de los brazos de su papá.  Chillo y aplaudo como loco cuando se  abrazan de nuevo. Miro a mi madre con una sonrisa abierta. Y veo una lágrima teñida de blanco y negro, reflejo de la pantalla, del cine y de lo que provoca, esa Gran Ilusión.

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