Daniel Monzón dedica su primera película a las mujeres que sufrieron la represión y el castigo en los centros del Patronato de Protección a la Mujer. Las jóvenes Zoe Bonafonte y Manuela Calle son las protagonistas.
Daniel Monzón y el coguionista Jorge Guerrichaechevrarría han realizado una meticulosa investigación a lo largo de cinco años para escribir la historia de Ruega por nosotras, un drama que da voz a las mujeres que sufrieron la represión y el castigo en los centros del infame Patronato de Protección a la Mujer, nacido en 1941 y que no disolvió hasta 1985.
Estudiaron tesis doctorales, documentos de archivo, libros
de investigación, especialmente el de Consuelo García del Cid, que estuvo
encerrada en el Patronato, y cedió al equipo de la película el título de uno de
sus ensayos), documentales y también decenas de testimonios de mujeres que
pasaron por esta institución son la base de la película, protagonizada por las
jóvenes actrices Zoe Bonafonre y Manuel
Calle.
Ambientada en el año 1974, es la historia de Ana, una joven
de 19 años que vive en Barcelona y es -a ojos de su acomodada familia- una
chica rebelde. Tras una fuga nocturna, su padre decide ponerla en manos del Patronato de Protección a la Mujer,
institución especializada en “mujeres caídas o en riesgo de caer”.
Ana es trasladada a Madrid para ser internada en un
reformatorio regentado por monjas y sometida
a un brutal régimen disciplinario. Allí tratará de sobrevivir buscando
consuelo y apoyo en la amistad de otras chicas en su misma situación,
especialmente la de Sole, una chica de pueblo con una vitalidad contagiosa que
conecta al instante con ella. Esa luminosa amistad será lo que mantendrá a
Ana a flote.
Estrenada en la reciente edición del Festival de San Sebastián, el mundo de esta película, como dice su
director “si no estuviera basado en hechos reales, parecería surgido de la
pluma de Charles Dickens. Y uno de los retos que ofrecía su puesta en escena
era la recreación minuciosa de todo el entramado de aquellas comisarías de la
moral, más de quinientos reformatorios diseminados por toda España, atestados
de chicas de entre 16 y 25 años, que se veían obligadas a ejecutar a diario
todo tipo de trabajos forzados, a rezar desde el amanecer hasta el ocaso, e
incluso ofrecerse como mercancía a hombres solteros o viudos en busca de
repuesto femenino”.